La grandeza de Dark Souls

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          Cuando creía haberme enfrentado a todo tipo de retos y experiencias, un conocido me aseguró que aún me faltaba por probar el verdadero reto de esta gen; un videojuego de From Software.

         Demon’s Souls o Dark Souls. Finalmente me decidí por el segundo, en esa tesitura entre cual es menos infernal que el otro. Y lo que pensé que se trataba simplemente de un reto de gran altura, ha resultado ser una experiencia imborrable a gran escala.

         Uno no es consciente de la grandeza de los videojuegos hasta que no se presenta a todos los combates, y éste, por muy duro que fuese no podía evitarlo. Tras terminarme el juego, si me dieran la oportunidad de volver a empezarlo por primera vez dudaría. Es más, no le recomendaría este juego ni a mi peor enemigo. No por su dificultad en el aspecto de habilidad al mando, que no me parece tan excesiva, sino por su dificultad por dar el siguiente paso al frente sin retroceder tres. En esa desesperación radica la grandeza de Dark Souls, que cabalga entre la estrategia, la destreza y la información. Sí, la información es la cabeza visible de este juego, y es que sin ella tal vez el 90% de los videojugadores del Siglo XXI no lograrían terminar el tutorial.

         Dark Souls es precioso. Cuenta con zonas terriblemente grotescas, inolvidables por su crudeza, pero a rasgos generales es un mundo bello. La jugabilidad roza la perfección. El abanico de inventario es enormemente generoso también. Pero la variable diferenciadora del juego, la chispa que lo hace diferente, es que aplica componentes crueles e imprevistos para el videojugador que lo pueden llegar a desquiciar. Esta es la dificultad de la que hablo, por encima de la pericia al mando. Partimos de la base de que no existe el botón de pausar el juego. Todo un hándicap. Ya te puede llamar el jefe al móvil, que Dark Souls no tendrá piedad ni de él. Otro hándicap es que exceptuando a los bosses, todos los enemigos renacen al morir. Y precisamente morir, es lo que haremos a menudo. Pero la grandeza radica en detalles aún más pequeños, como tener el descuido de golpear a un vendedor de armas y cargarte media partida. Padecer maldición y volverte loco para buscar la solución. Ser infectado, tener una hemorragia, ser invadido o caminar a oscuras.  Lugares ocultos, mejoras de inventario, atajos, ventajas, estrategia…es tan profundo que es prácticamente una misión suicida terminarse el juego sin doscientas guías.

         Tampoco existe curva de dificultad. El juego empieza siendo infernalmente duro y termina en la misma línea. No hay dificultad ascendente, y el enfrentamiento con el primer boss puede ser tan humillante como el último. Él único que cambia eres tú. De ti depende ser más fuerte que el día anterior.

         El juego a su vez destila una paz única. Vencer a los enemigos y sentirse puro en alma y espíritu. Hasta el ruido de la armadura al caminar parecerá música para nuestros oídos. Es sencillamente una experiencia difícil de olvidar.  El jugador terminará conociéndose cada recoveco del mapa. Conociendo el infierno palmo a palmo.

         Terminando ya, mi consejo es que si alguna vez se te ha pasado por la cabeza jugar a Dark Souls, no lo hagas. Te lo digo de corazón, no sufras, disfruta y devora videojuegos, conoce historias, pásate modos campañas y se feliz.

         Eso sí, también te diré que si no juegas a Dark Souls, nunca conocerás la verdadera esencia de los videojuegos. Nunca podrás contarle a tus hijos que un día reinaste en ese terrible universo como es Dark Souls. Mágico. Único. Imprescindible.

Carlos González Bravo

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